• Redacción El Dia

Memoria, Verdad, Justicia. Un día de reflexión. Por Santiago Polop

Santiago Polop*



¿Qué significa “reflexionar”? Parece elemental. El término se refiere a la flexión sobre uno mismo, a volverse hacia sí mismo. Supone un ejercicio, por eso en la actividad física se hacen “flexiones” corporales, por ejemplo. El caso de la reflexión, supone ir más allá, que es sobre “lo más acá” que podemos pensar: es ir hacia la interioridad que es propia de los seres humanos. Se trata de pensar el pensamiento, lo que decimos, lo que hacemos, lo que nos atraviesa y nos hace ser lo que somos, pensar lo que pensamos, vivir como vivimos. El asunto es que si somos “llamados” a reflexionar es porque, o no lo hacemos por nuestra cuenta (por ejemplo, alguien rompe el aislamiento obligatorio porque “nadie le va a decir qué tiene que hacer”, y las autoridades, o la familia, o lxs amigxs lo llaman a la reflexión respecto del peligro que representa para su salud y para la de todos los que estén a su alrededor), o porque algo/alguien nos impide reflexionar (por ejemplo, el aturdimiento mediático y de las redes sociales, muchas veces nos impide pensar por nosotrxs mismos, y le delegamos esa tarea a opinólogxs de turno o a posteos populares).

El día 24 de marzo no es feriado, no es fecha festiva, ni de conmemoración. Es una jornada destinada a la reflexión, es un llamado a ejercer ese derecho humano que fue violado por el golpe militar que se instalaba ese 24 de marzo de 1976. Violar el derecho humano a la reflexión, a pensarse, a pensar con lxs otrxs, en un ámbito de libertad y democracia, fue el fundamento que alimentó la fantasía de los dictadores que destruyeron la vida de decenas de miles de personas, y que afectaron directamente la vida de millones. Para violar ese derecho, la dictadura prohibió, asesinó, torturó, robó vidas. La forma misma de una dictadura es la cancelación de la reflexión. Se asienta en dogmas absolutos, y propone su aceptación total o la desaparición total de lo que se le resista. Y así lo hicieron, en todas sus líneas. Con el poder del Estado, un poder inasimilable a cualquier ciudadano o agrupación de éstos, la dictadura militar se ocupó minuciosamente del ejercicio del terrorismo sobre la población, asumió la tarea de hacer morir. Su principio rector fue la muerte, con el supuesto objetivo de dar vida a una sociedad purificada moralmente, sólo posible con la eliminación total de sus “enemigos”.


Los que tuvieron por enemigos, serían todos y todas aquellos que plantearan disidencias a ese absoluto, a esa moral absurda, a esos dogmas de la vida no democrática, a esa aceptación pasiva de la miseria en la que está sumida cualquier sociedad en la que no se puede pensar libremente, en democracia ni actuar en consecuencia (que siempre involucra el respeto y el reconocimiento de lxs otrxs y sus libertades comunes). Esas sociedades son las que rechazan la reflexión.


Pero esos actos inhumanos, los perpetraron humanos. Empuñaron las armas y los instrumentos de tortura. Firmaron las leyes, redactaron fallos judiciales. Escribieron en diarios y revistas sobre las bondades de lo que hacían. Enfocaron las cámaras a otros puntos. Miraron para otro lado cuando las uñas marcaban el asfalto de alguien a quien metían en un auto. Hubo humanos en esas inhumanidades. Hubo complicidades, silencios, mentiras, encubrimientos, ventajas.

La reflexión, entonces, en éste día, tiene al menos dos objetivos. De un lado, recordar esa historia. Contarla, repetirla, investigarla, expandirla. No dejarla en ninguna biblioteca durmiendo hasta que algún curioso o curiosa choque con ella, sino retenerla en la memoria de un pueblo que la sufrió, que la padeció, y que lo sigue haciendo, en tanto aún hay nietos/as desaparecidos, llamando papá/mamá/abuelo/abuela a extraños apropiadores que fueron cómplices en la muerte de sus verdaderas familias. En tanto aún hay complicidades civiles no determinadas, no juzgadas, impunes. En tanto aún hay heridas de ese inmenso crimen que fue la apertura violenta al régimen neoliberal, cuyas esquirlas del endeudamiento masivo para beneficiar a privados, mientras el Estado se retiraba de la protección social, sigue haciendo estragos tan difíciles de corregir.


Esa memoria tiene una verdad aún no hallada, incansablemente buscada por las abuelas y madres de plaza de mayo, por los hijos e hijas de desaparecidos, por juristas que luchan por el cumplimiento del derecho humanitario y la condena de los delitos de lesa humanidad, por fuerzas políticas que asumen el desafío de no ceder ante los poderes concentrados de la economía, algo que fácilmente hace el neoliberalismo. Esa verdad que está siempre en construcción, que siempre tiene nuevos ribetes, nuevas pruebas que se reconstruyen con las viejas. Una verdad cuyo único absoluto es el pedido de una justicia equivalente al tamaño de las injusticias cometidas, que jamás ha pedido venganza, sino el cumplimiento del derecho universal de cualquier ser humano. Es ese derecho, esa ética de la humanidad, la que nutre el concepto de Justicia.

Toda forma de la justicia se construye en la definición de lo injusto. Aquí, injusto fue la apropiación de la reflexión, de la idea de lo “humano”, de la posibilidad de dictar quién era apto para sobrevivir y qué debían ser quienes querían seguir vivos. La justicia que se reflexiona, es la que puede volver sobre sí misma, y corregirse, y satisfacer el pedido de libertad.

Ser libres es hacerse libres, y es un camino que se recorre derrotando las formas que hicieron y hacen a los individuos y a los pueblos sumisos, sometidos, pasivos. El camino de Memoria, Verdad, Justicia, es un hacer para la libertad y la liberación, no es apenas una reivindicación de una fecha histórica.


El segundo objetivo de esa reflexión, según creo, es la de darnos señales de que los seres humanos somos capaces de los actos más aberrantes cuando la misma reflexión se cancela por fanatismos políticos, religiosos, culturales, económicos, étnicos, identitarios, sexuales, ideológicos. La reflexión siempre es un acto plural, porque nadie puede pensarse a sí mismo sin lxs otrxs que participan en su construcción. Cualquier forma “del pensar y el hacer” que para existir suponga la eliminación de cualquier otro/a, debería ser rechazada. Su fin no justifica los medios.


La reflexión, su cuidado, su cultivo, es la posibilidad de hacernos más libres, más humanos. Este día, el 24 de marzo, es una invitación a hacerlo en función de una de los hechos más trágicos de nuestra historia, una noche de oscuridad absoluta que ensombreció generaciones. Su penumbra aún es un legado. La lucha de millones que acompañan ese pedido de Memoria, Verdad, Justicia, es una retaguardia que empuja a la liberación de esas sombras.



* Santiago Polop

Higuerense, Licenciado en Ciencias Políticas y docente en la Universidad Nacional de Río Cuarto


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